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EN LOS MEDIOS

“La felicidad de compartir un sentimiento no te la da un Ferrari”

Núria Escur.

“No sé si me apasiona el arte porque me da placer o al revés. No pensé si me convenía, como en el amor” | ”¿Por qué puedo decir que tengo ELA, colesterol y diabetes y no puedo reconocer que tengo el VIH?

Tenía 33 años y trabajaba como periodista en una radio mexicana cuando le comunicaron que era seropositivo. ¿Esperanza de vida? Entre uno y dos años. Se hundió, remontó y hoy, 27 años después y tras una historia vital plenamente novelable, aún está entre nosotros. El azar, su determinación y los retrovirales hicieron el resto. El lunes de esta misma semana se celebró el Dia Internacional de la Acción contra el Sida y Han Nefkens (Rotterdam, 1954) estuvo trabajando en la exposición Perfect lovers. Arte en tiempos del sida, que reúne obras alrededor de esa temática. La fundación creada por él en el 2006, ArtAids, en colaboración con la Fundació Suñol, presentan esta muestra hasta el próximo 24 de enero.

No le gusta que digan que el arte es terapéutico.

Es que digo la palabra “terapéutico” y me parece que ya veo niños en el taller o personas con alzheimer haciendo papiroflexia. La vida es terapéutica como el arte.

Pero el arte le transformó.

Eso sí. Cuando miras una obra de arte estás viendo a través de los ojos del artista. Y eso remueve algo en tu interior, cambia tu mundo y te cambia el enfoque.

Periodista, mecenas, coleccionista de arte, escritor, filántropo… ¿con qué se queda?

Ha llegado un punto en que ya me da exactamente igual. Pero hace poco alguien me dijo -y creo que es hermoso- que yo era capaz de conectar con personas absolutamente distintas, gentes en las antípodas geográficas e ideológicas, cruzarlos…

¿Mezclador?

¡Sí, sí, eso sería bonito! Soy “mezclador” de humanidades.

También le gusta “actvista”.

Porque denota una lucha por algo en lo que crees. Yo actúo sobre la vida, pero no tengo ninguna necesidad de controlar su devenir. Tienes que dejarla ir…

¿Pensó que cumpliría 60?

Jamás.

¿Recuerda el día en que le comunican que es seropositivo?

Perfectamente. El 17 de noviembre 1987, a las 7 de la tarde, en México, me dieron un papelito: “prueba del VIH, positiva”. Lo gracioso es que, en un primer momento, pensé “positivo”, ¡qué bien!, será algo bueno, constructivo… por un fugaz segundo.

¿Le costó digerir la noticia?

Mucho. Nunca se me había ocurrido que a mi pudiera pasar eso, contraer el sida. Jamás. Además en México, en esa época, no había ni medicación, tuve que ir a EE.UU, donde me dieron una esperanza de vida de un año.

Y ahí decide usted hacer, en lo que le quede de vida, lo que realmente le venga en gana.

Eso agudiza mi pasión vital. Me urge, tengo prisa… si me tengo que ir ¡no voy a estar haciendo cosas que no quiero! Me ato al arte.

¿Por qué el arte contemporáneo y no otra disciplina, la música o la misma literatura tan cercana a usted como escritor?

Esa es una muy buena pregunta porque ya tengo respuesta para ella. Antes no. Me encontré con algo muy habitual en mi: primero hago y luego pienso. Creo que me lancé al arte contemporáneo porque lo amaba. No sé si me apasiona el arte porque me da placer o al revés, y no pensé si me convenía, como cuando te enamoras.

Pero la enfermedad avanzó.

El virus es muy inteligente y presenta resistencia a la medicación. Yo fui gastado mis cartuchos… hasta que se gastaron todos. ¡Ya no quedaba nada más por hacer! Y milagrosamente -la vida es azar, nunca lo olvide- apareció otra medicación nueva.

De milagro en milagro.

Sientes que te van dando prórrogas en tu personal partido de fútbol; de hecho, cada día que pasa todos vivimos “de regalo”. La mayoría de la gente no se da cuenta.

Pero esa sensación de “tiempo extra” la conoció muy joven. ¿Sin esa lucidez hubiera tenido una existencia menos plena?

¡Completamente distinta!, hubiera tenido una vida a velocidad media, no sé si más gris o más interesante, como periodista… Pero la intensidad que siento ahora al vivir, eso seguro que no.

Perdió muchos amigos en el camino y un hermano.

Siento gran responsabilidad hacia todas esas personas a quienes les dieron la misma mala noticia, lucharon como yo pero no tuvieron mi suerte. Lo que hago lo hago en su nombre.

Todavía hay quien se avergüenza de reconocer públicamente que es seropositivo.

¿Sabe por qué? Porque no lo confiesan hombres y mujeres relevantes. Estoy seguro de que si políticos, artistas, grandes profesionales dijeran claramente “tengo el VIH, trabajo por vencerlo, sigo mi día a día y tomo mis medicinas, no pasa nada” la gente empezaría a entender que es así.

A normalizarlo.

¿Por qué puedo decir que tengo el ELA, colesterol o diabetes, y no puedo reconocer que tengo el VIH? Que intento cronificarlo.

¿Encontró rechazo?

Eso fue lo más extraño: en cuanto lo dices públicamente piensas que te van a rechazar. ¡Y jamás me he encontrado con ello!

Apostó por depositar obras de arte de su colección en museos de varios países del mundo. Una generosidad inusual.

En 1999 me estrené como coleccionista de arte. Pero sabía, de antemano, que no quería adquirir obras para colgarlas en el comedor de casa. Quería que otras gentes pudieran disfrutar de las que a mí me habían conmovido. La primera obra que compré fue al museo sin pasar por casa.

Está bien contar con la filantropía de un millonario pero ¿no debería ser también responsabilidad pública?

Hubo una época en que el sector público, también en Holanda, se encargaba de todo. Y en los siglos XVI-XVII hubo mecenas. El futuro está, seguro, en la colaboración del sector público -sé que tiene limitaciones- y el privado.

¿No Ferraris, no yates?

¿Para qué? La cantidad de alegría que me ha proporcionado mi trabajo en los últimos quince años no tiene precio. La felicidad que te da compartir emociones no te la da un Ferrari.

Y de las piezas que tiene en casa ¿de cual no se desprendería a ningún precio?

De una obra de Shirin Neshat, la artista iraní. Es la foto de un funeral en una playa, con hombres de negro y alguien envuelto en blanco. Muy solicitada. Cada vez que se va…que dolor, uy, ¡quiero que vuelva a casa! Como una madre cuando el niño va de colonias.

Se enamoró de Barcelona porque “había vida en la calle”

¡Que vida tan cálida! La gente no se encierra en casa, la comida catalana me encanta yel ritual me fascina: ¡aquí no comen rápido! No comprendo cómo hay quien todavía duda de que Catalunya sea una nación. Ni entiendo por qué alguien no puede hablar su propio idioma por imperativo casi legal, por ejemplo. Es insultante, torpe y poco constructivo.

En esta ciudad, además, está el doctor Clotet. Su anterior médico de confianza fue Joep Lange, el especialista en sida que falleció en el avión abatido sobre Ucrania…

Ese accidente me partió el alma otra vez. Era el hombre que me salvó la vida, eran amigos íntimos. Hablábamos todos los días. ¡Estaban tan ilusionados!

Por primera vez no viajaban en clase turista… ella me envió un mensaje antes de despegar: “Felices. Ahora tengo que dejarte”… No los volví a ver. Fue horrible pero no sentí rencor contra la vida, sólo enorme tristeza. Nunca llega a la vida lo que tú esperas. Y ahora mi esperanza está en el doctor Clotet.

La inicial F de su Colección HF de arte corresponde a Felipe, su marido mexicano. Llevan 36 años juntos, ¡felicidades!

Otro milagro. Es el mejor hombre del mundo, también en eso tuve suerte. Es restaurador de muebles, muy dulce, original y sobre todo muy auténtico. Siempre es él, en cualquier situación.

En Catalunya los contagios por sida han aumentado en los últimos cinco años. ¿Qué decir para que no bajen la guardia?

Podría decirles que se pusieran un preservativo pero eso ya lo saben y, además, igual no me hacen caso. A los 20 es muy difícil controlar impulsos. Pero sí les diría: haceros pruebas cada tres meses porque es la única manera de que no infectéis a nadie más y os puedan tratar antes de que sea tarde.

‘Lovers’, sida y no esperar

Han Nefkens estudió periodismo en Francia y EE.UU. y aprendió pronto que el arte podía curar. Pasea entre fotos y flores –“como buen holandés me dan sensación de hogar”– mientras dice que se sentirá satisfecho si consigue que “quienes entren por esa puerta para ver Perfect lovers entiendan que el sida es un diagnóstico médico más”. Tras lograr sobrevivir al estigma del seropositivo, hace unos años contrajo una encefalitis. “Podría haberme quedado en silla de ruedas o morirme. Era un niño de dos años, no pensaba, estaba como ido. Tuve que volver a aprender a hablar, a comer… Emocionalmente desequilibrado. ¡Pero salí! Otra oportunidad fantástica que me han dado”. Algunos de sus libros –Tiempo prestado y Hermanos de sangre– convergen en difundir un mismo mensaje: “Lo que uno cree que será la vida no tiene nada que ver con la realidad, por eso la gente se decepciona tanto”. Entonces… ¿cómo espera vivir el resto de su vida? “No espero nada pero estoy abierto a todo”.

Publicado el 07/12/2014: LA VANGUARDIA